Nadie diseñó la escuela.
Todos la empujaron.
La escuela como la conocemos no fue diseñada: fue el punto donde convergieron el Estado, la fábrica, la iglesia y el imperio. Doscientos años después, seguimos enseñando dentro de esa forma — y en ninguna disciplina se nota más que en matemáticas.
Ahí seguimos entrenando a todos como si fueran a ser matemáticos, resolviendo los problemas que fascinaban a los griegos, a los árabes, a los geómetras de todos los siglos. Y sí: es una disciplina fascinante. Pero a la mayoría no le enseñaron matemáticas: le enseñaron el sinsentido — la fórmula porque sí — y la ansiedad de no entender por qué.
Propongo invertir el orden: que las habilidades forjadas resolviendo los problemas del pasado se pongan, por fin, al servicio de los problemas del presente. Eso antes era imposible — el aula estaba secuestrada por lo procedimental. Hoy ya no.
La IA puede hacerse cargo de ese frente: el algoritmo, la técnica, la práctica que construye fluidez, optimizados hasta alcanzar la maestría en el menor tiempo posible. Que la prueba estandarizada deje de ser el centro y pase a ser un trámite: rompámosla por saturación, con todos respondiendo a un nivel donde ya no logre estratificar a nadie.
Y entonces el aula queda libre para lo que ninguna máquina responde: comprender por qué, e imaginar soluciones a la escasez de agua.
No puedo hacerlo solo.